Los jóvenes y los retos de la participación en la nueva configuración política

Dr. Valeriano Ramírez Medina

México ha presentado una serie de cambios en las formas de participación y orga-nización política en los últimos 20 años. Estas transformaciones iniciaron con el avance de la democracia, la cual permitió la consolidación de partidos políticos opositores con presencia en todos los estados de la nación, y cuyo crecimiento hizo posible que, por primera vez, no hubiera un partido hegemónico y mayoritario. Así, la LVII legislatura, conformada en 1997, fue un reflejo del avance real de la democracia, pues permitió la coexistencia de tres fuerzas importantes: el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el Partido Acción Nacional (PAN) y el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Además, la mayor parte de las entidades presentaron competencia electoral, lo cual se debió a que las estructuras partidarias respondieron de manera positiva y organizada a las necesidades del sistema electoral.

Para las elecciones del 2000, el PRI perdió la presidencia por primera vez en su historia. En el contexto de estos históricos comicios, un fenómeno de especial interés fue el manejo que se dio a la propaganda a través de los medios masivos de comunicación y de los entonces nacientes medios digitales con la inclusión de temas políticos en los programas de televisión abierta. El empleo de encuestas para medir la aceptación política y la demanda de contenidos en la comunicación de los candidatos propiciaron una gran expectativa sobre el acontecer del país.

En las citadas elecciones presidenciales, mientras que los partidos centraban la campaña en su estructura electoral, sin dar importancia a las nuevas necesida-des de comunicación, las nuevas generaciones estaban asimilando una nueva tecnología: la computadora —y, con ella, la Internet—. De tal suerte, las nuevas generaciones impactaron al mundo por el manejo rápido y preciso de la informa-ción que lograban con uso de los medios digitales. El resultado de este proceso fue el surgimiento del marketing político, una nueva manera de hacer comunica-ción política de forma de intensiva que incluyó el uso de correos electrónicos y la telefonía celular —si bien en aquel año no era masiva, esta última resultaba efectiva para un número creciente de población que ahora podía estar comunicada de manera más dinámica—.

A partir de la elección del 2000, las campañas cambiaron de manera drástica: permitieron que los jóvenes se incorporaran y participaran en las decisiones tomadas en los “cuartos de guerra” orientando el diseño de las campañas políticas, ahora enfocadas en la búsqueda de un público cautivo. Se comenzaron a hacer campañas bajo diseño, donde las formas tradicionales de llevar una elección cambiaron de manera sustancial: ya no se definió un solo discurso ni una sola línea de acción, sino que se emitieron varios de acuerdo con las condiciones de la población, particularmente en lo que respecta al manejo del lenguaje y la condición cultural. Esto permitió que los jóvenes se convirtieran no sólo en electores, sino también en el principal objetivo de las campañas e, incluso, en candidatos, ya que cuentan con la información necesaria para la ejecución de las acciones políticas.

En los últimos procesos electorales, un elemento novedoso han sido las redes sociales virtuales. La tecnología permitió que los teléfonos celulares, computadoras, tabletas y demás dispositivos de comunicación preservaran información y la transmitieran de manera constante e inmediata. A partir de su introducción, las campañas políticas se han vuelto más ágiles y amplias. Ejemplo de ello es que, aunque legalmente el período en el cual se desarrollan es breve, su empleo ha conducido a que, de manera extraoficial, inicien con mayor anticipación. Entonces, puede decirse que la mayor fortaleza del uso de estas nuevas tecnologías ha sido su capacidad para abonar a la buena planeación de una campaña política, logrando que los discursos se renueven de acuerdo con los cambios sociales. Los jóvenes han tenido una influencia fuerte en dichas aportaciones, ya que son quienes le confieren a las redes su dimensión participativa. Sin embargo, también ha habido consecuencias negativas, como el carácter efímero de la información que se comparte, cuyo flujo constante le resta vigencia con rapidez.

Asimismo, las redes sociales y las nuevas tecnologías no sólo marcan la pauta para la programación y realización de campañas electorales, sino que también son el centro de la acción política. Los gobiernos y los actores relacionados con la toma de decisiones emplean la opinión y los mensajes que se dan a través de las redes sociales como elementos de diagnóstico. De éstos, los más recurrentes son los memes: mensajes destinados a ridiculizar o resaltar de manera graciosa alguna situación, y que sobresalen por el hecho de que la mayor parte son anónimos, ya sea porque el autor no firma el mensaje o porque se ha convertido en un contenido viral en la red.

La participación política también se ha modificado gracias al uso de los medios digitales. La militancia y el activismo político han dejado de ser presenciales y de limitarse a una mera carga de denuncias. Ahora, estas actividades se llevan a cabo desde diferentes trincheras. En ocasiones, esta manera de participar resulta más efectiva porque la información en un mensaje reenviado a diferentes redes tiene mayor impacto que una manifestación callejera.

Ahora bien, al ser uno de los sectores más sensibles de la sociedad al empleo de la tecnología, los jóvenes ostentan en sus manos los nuevos medios y se benefician de lo familiar que les resulta su manejo, así como de su participación en las redes sociales. Esto posibilita que su participación derive en un canal de acción determinante para las nuevas formas que la política requiere.

A partir de lo anterior, se puede plantear una serie de retos para la sociedad relacionados con la gran cantidad de información en la red y la rapidez con la que circula; la extensión y capacidad de las redes para llegar a un número creciente de usuarios, y la posibilidad de generar comunidades gracias a éstas. La sociedad moderna requiere de una participación ciudadana cada vez más activa e informada que pueda incidir realmente en la toma de decisiones. Esto orilla a los organismos gubernamentales a involucrarse también en el contenido de las redes sociales, así como en la conformación de comunidades en las que la relación entre gobernados y gobernantes sea más estrecha. Con ello se facilitaría la realización de políticas públicas y se conseguiría un mayor nivel de legitimidad.

Hoy, los partidos políticos enfrentan un doble reto: por un lado, el de captar el interés de los jóvenes utilizando los espacios disponibles y aprovechando las nuevas tecnologías de la información y la comunicación; por otro, entablar una comunicación permanente con los ciudadanos a partir de temas que se mantengan vigentes y que no pierdan relevancia tras su primer impacto. Para conseguir lo primero, se requiere que los partidos participen en diferentes redes sociales; empleen un lenguaje tendiente difuminar las fronteras generacionales o culturales, y practiquen una comunicación efectiva y afectiva con la cual sea posible crear identidad —un elemento sumamente necesario para las nuevas condiciones de la comunicación—. Por su parte, el segundo reto se antoja más complejo, ya que, para vencerlo, las organizaciones políticas deben mantener sus estructuras y programas políticos incorporando temas y problemas propios de la juventud, considerando el margen de diversidad social y cultural, y tendiendo lazos comunicativos con ellos.

En conclusión, el panorama de la participación política de los jóvenes a través de los medios digitales se ha tornado complejo, convirtiéndose en un verdadero desafío, no sólo para las organizaciones políticas, sino también para la sociedad, en general, y para las comunidades que los jóvenes crean, en particular.