Los retos de la identidad y la participación ciudadana

Dr. Valeriano Ramírez Medina

Entender la democracia hoy implica asumir que, así como los partidos políticos juegan un papel fundamental en el ámbito electoral, los individuos han desarrollado nuevas formas de participación política, tanto en la defensa de sus intereses como en la construcción de medios para procurarlos. Dado que la democracia es una forma de gobierno que permite a los ciudadanos participar en la toma de decisiones, es importante analizar dichas formas de participación. Para ello, se puede partir de la consideración sobre la existencia de una resistencia en la democracia, o bien denominarla como una democracia emergente.

Actualmente, existe una tendencia por parte de algunos analistas sociales por entender a la sociedad a través de los partidos políticos y las elecciones. Para otros, es la sociedad la responsable de la participación política. Aunque puedan parecer opuestos, ambas perspectivas representan dos de las aristas que adquie-re la movilización social.

En los últimos años, la relación entre las instituciones y los individuos se ha visto alterada, ya sea por la imposibilidad de los individuos de participar de forma constante y apropiada en la renovación de las instituciones; ya porque los siste-mas organizativos partidistas se volvieron clientelares; o bien porque las instituciones se endurecen y no permiten la intervención de los miembros de la comunidad. Cuando estos escenarios se presentan, la sociedad adopta prácticas poco democráticas en la toma de decisiones y fomenta el autoritarismo, particularmente en sus formas de organización tradicionales.

Aunque las promuevan partidos políticos, organizaciones no gubernamentales o de la llamada sociedad civil, las asociaciones que la sociedad genera no son suficientes para recuperar las propuestas de los ciudadanos. Esto ha ocasionado que los intereses colectivos no se reflejen en las negociaciones entre gobernantes y gobernados —las cuales se perciben amplias y necesarias—, dando pie a la falta de una plena participación ciudadana. Todo esto constituye la amenaza de la inmovilidad social y del establecimiento del autoritarismo. Por ello, uno de los principales objetivos de la política social y económica de los estados, particularmente en los de América Latina, es generar participación ciudadana más allá de los procesos de elección de representantes. Su finalidad es aplicar políticas públicas con un amplio margen de aceptación y hacer de éstas un factor de legitimidad de las acciones gubernamentales en materia social.

Lo anterior ha derivado en la búsqueda de una participación más activa y fuerte por parte de los ciudadanos para desarrollar actividades políticas, así como para que mantengan su injerencia constante en la sociedad. Para ello, el Estado implementa diversas medidas tendientes a fortalecer la participación a través de los partidos políticos. Una de las más importantes es el financiamiento público: pese a que es un mecanismo fundamental para la competencia política, ha generado en los partidos una dependencia cada vez mayor en comparación con la que tienen por la representación social o por los vínculos con otras organizaciones políticas. Ello ha ocasionado una serie de vacíos en las formas de representación política.

En tanto que una forma de gobierno que posibilita la participación de los ciu-dadanos en la toma de decisiones, la democracia se debe consolidar a partir de la generación de amplias formas de representación. En este sentido, los partidos políticos gozan de la oportunidad de impulsar mecanismos para canalizar la parti-cipación colectiva. Por su parte, la sociedad requiere nuevas formas de represen-tación que recuperen las vías tradicionales y reflejen los intereses comunitarios. Para lograr esto, es necesario contemplar las formas espontáneas en que la so-ciedad se organiza y participa, lo cual implicaría reconsiderar la definición misma de democracia.

Ahora bien, las nuevas formas de organización se generan a partir de las identidades y expresiones culturales en las que los individuos reflejan sus intereses y preservan sus tradiciones. En su conjunto, son formas de resistencia de la comunidad, ya que preservan su organización y establecen comunicación interna. Pueden considerarse como manifestaciones de democracia emergente; es decir, aquella que surge de la base de sociedad.

Asimismo, dada la alteración actual de las relaciones entre las instituciones y los individuos, es necesario establecer nuevos vínculos entre las organizaciones partidistas y la sociedad. Para ello se debe recurrir a la tecnología y, en particular, a las redes sociales virtuales. En estos procesos será necesaria también la partici-pación de los jóvenes, cuya familiaridad con estos medios brindará una visión y utilización adecuadas, además de posibilitar el descubrimiento de nuevos fenómenos y problemas sociales.

En resumen, es necesaria una nueva forma de observar los problemas socia-les generados por el desarrollo de mecanismos de representación política que alejan físicamente a los gobernantes de las comunidades a las cuales representan. En tal sentido, la introducción de los medios digitales y las redes sociales virtuales fortalece los conceptos tradicionales de democracia representativa, toda vez que pretenden establecer vínculos de comunicación más estrechos entre representantes y representados. En un momento en el que los movimientos sociales y los ciudadanos han adquirido importancia de primer orden en la participación política, estos nuevos vehículos se ajustan a la nueva realidad, pero también al hecho de que la participación política todavía es dada a través de los partidos políticos.

Para entender el papel que juegan ahora los ciudadanos y el uso de la tecno-logía en ante los cambios referidos, es necesario crear nuevos conceptos, los cuales requieren, a su vez, de una reclasificación de las formas de participación social, así como de las respuestas sociales ante las acciones de poder que modifi-can la vida cotidiana o que afectan los intereses de una parte de la sociedad. En primer lugar, estas formas pueden considerarse como movimientos contestatarios, los cuales existirán mientras no se resuelva el conflicto que les dio origen.

En segundo lugar, las formas de participación social pueden considerarse co-mo movimientos que representan los intereses de amplios sectores sociales y que suponen un proceso de organización. En el desarrollo de este tipo de movimientos son fundamentales las estrategias y tácticas, así como los objetivos que los generan y que les dan orden y legitimidad.

Por último, la sociedad genera formas alternativas de organización y participa-ción que trascienden tanto a las formas tradicionales de democracia como a sus instituciones. Al inicio de este texto, se dijo que a éstas se les puede entender como manifestaciones de una democracia emergente. Cada una requiere ser analizada y estudiada, ya que ahí residen las alternativas de participación que la sociedad genera frente a los partidos políticos, así como a las formas institucionales de organización ciudadana.

En general, las alternativas de participación surgidas de la base social tienen como principio una noción bien definida sobre la identidad. Para abordar este concepto, conviene retomar las palabras de Arditi, quien comenta que:

Cuando nos referimos a la identidad, sea de una persona o de un colectivo humano, tendemos a pensar en aquello que se mantiene invariable. La identidad sería la cara detrás de toda máscara, una suerte de núcleo duro que subsiste a pesar de las apariencias y de los cambios circunstanciales. La identidad aparece cuando los ve-los caen y la ambigüedad se desvanece.1

La identidad permite explicar la acción ciudadana a través de la organización de la comunidad, principalmente la de los jóvenes, un sector singular de la sociedad que condensa elementos contradictorios: por una parte, buscan una identidad que refleje sus inquietudes y desacuerdos con lo establecido; por otra, mantienen una fortaleza que les permite la innovación constante de sus imaginarios, lo cual se refleja en su vestimenta, lenguaje y relaciones.


Bibliografía

Acosta Silva, Adrián; La Dimensión Cultural de la Política: Una conversación con Robert Lechner Nexos, No. 237, 1997, pp. 61-65.

Arditi, Benjamín La política en los bordes del Liberalismo. Gedisa, México 2010.

Durand. Ponte, Víctor Manuel. Desigualdad social y ciudadanía precaria, ¿Estado de excepción permanente? Siglo XXI, México 2010.



1Arditi Karlik, Benjamín Mauricio, La política en los bordes del liberalismo, Gedisa, Barcelona, 2009, p. 29.